Consciencia


  Un colega periodista de cultura de TV3 me dice, a raíz de la publicación de La Terapeuta. -¿Ya hace 5 años, que publicaste El Silencio? Dios mío; parece que fue ayer. El tiempo cada vez pasa más rápido. Será que nos estamos haciendo mayores. Le recomiendo al colega periodista el trabajo de Steve Taylor, antropólogo y profesor de la Universidad de Manchester. Taylor estudia por qué el tiempo transcurre a diferentes velocidades; y cómo dilatarlo. Sí, dilatar el tiempo. Taylor sostiene que si queremos dilatar el tiempo, necesitamos vivir experiencias nuevas. Cuando de niños todas nuestras impresiones y percepciones eran frescas, nuevas, parecía como si no existiese el tiempo. Un día era eterno. Pero a medida que nos hacemos mayores, nos desconectamos de la realidad. Nos repetimos una y otra vez nuestra película mental. Si queremos que el tiempo pase más despacio, Taylor recomienda viajar, ir al trabajo tomando nuevas rutas, comprar nuevas revistas, conocer nueva gente y hacer cosas que hasta ahora no habíamos hecho, acomodados a la rutina. En definitiva, se trata de vivir. Se trata de cambiar la forma de percibir el mundo. Una percepción más fresca. La vida es efímera, pero sus días pueden ser inmortales. A Taylor se le murió una amiga con 35 años. Y a pesar del terrible dolor, tenía un consuelo: la chica había viajado y vivido mucho, en el sentido de que había probado cosas nuevas, diferentes. Psicológicamente, me dijo este antropólogo, era como si hubiese vivido 70 años. No ocurriría lo mismo si se hubiese pasado media vida sentada ante el televisor. La tele nos adormece, me dijo Taylor, y una vida ante la tele es una vida más corta (psicológicamente). Los periodos de aburrimiento e inactividad dejan muchos menos recuerdos que los periodos de actividad. Por todo ello, he tomado dos decisiones: prestar mi tele a un amigo, y volar en avioneta. Siempre me ha dado miedo volar en una avioneta. Aún tengo mucho miedo. El resultado será diáfano: o el tiempo se dilatará, o ya no habrá más tiempo....

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En La Terapeuta, uno de los protagonistas afirma que nuestras mentes están sobrecargadas por tanta información. Héctor Amat, actor, ve desde el escenario del teatro las pantallitas del público encendiéndose, apagándose. Decide hacer un ayuno de noticias, y de tecnología. Estar conectado todo el día no puede ser bueno. Leo en El Periódico unas declaraciones del cineasta Spike Jonze que me llaman la atención. En la última década nuestras vidas han dado un vuelco, afirma Jonze. El número de imágenes que consumíamos a lo largo de toda la vida hace 200 años es el mismo que consumimos al día actualmente. “La tecnología es esencial en nuestro día a día, y nos está dejando atrás”. “¿En qué sentido?”, le pregunta el entrevistador. (Spike Jonze acaba de estrenar la película Her. Me gustó mucho una de sus películas, Cómo ser John Malkovich). Y Jonze responde que nuestra psique, individual o colectiva, no avanza tan rápido. Nuestros antepasados vivían en aldeas y podían hablar con los ancianos, o con los sacerdotes, y disponían de todo un sistema de apoyos. “Ahora sólo tenemos nuestro smartphone, o nuestra tableta”, afirma. Y sigue: “Nuestra vida se reduce a mandar y recibir textos o e-mails; es demasiado flujo de información. Ya no vamos a cócteles ni de cena con la familia. La tecnología debería estar a nuestro servicio, y no al revés”. Creo que Jonze sólo se equivoca en una cosa: a las cenas y a los cócteles sí que vamos… pero mirando la pantallita todo el rato....

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El instante eterno se encuentra en el presente. Raramente vivimos y experimentamos el momento presente. Nuestra atención va y viene, como un péndulo, del pasado al futuro. C.S. Lewis escribió que el instante presente es el momento en que el tiempo humano está en contacto con la eternidad. El antropólogo Josep Maria Fericgla me dijo un día: “La fuerza del presente es un bien disponible, pase lo que pase fuera de uno. Dirige tu atención al ahora y aquí, y aunque sólo lo consigas dos segundos ya es una experiencia sólida”. Susan Blackmore, catedrática de Psicología de la Universidad de Bristol, cuenta cómo empezó a dirigir su atención a lo único que tenemos, el momento presente. De entrada, cuando se lo planteó como práctica, pensó que era “aterrador”. Significaba renunciar a muchas cosas; de hecho, prácticamente a todo. Significaba que no iba a pensar en el momento siguiente, que no iba a sumergirse en lo que acababa de hacer, no pensar en lo que podía haber dicho, ni imaginar una conversación que podía tener más tarde, ni esperar con impaciencia los fines de semana… Practicó de forma intensa durante siete semanas. La mayor parte del proceso consistió en renunciar y dejar ir. Cuando su mente se deslizaba del mundo circundante a pensamientos sobre el pasado o el futuro, una vocecita de su interior decía: “Vuelve al momento presente” o “déjalo ir” o “déjalo estar”. Descubrió que todos los interminables pensamientos acerca de lo que acababa de hacer y lo que se disponía a hacer no eran necesarios para vivir. Y hacían mucho más complicada la vida. “Me sorprendía haber malgastado tanta energía mental cuando se requiere tan poca”. Y lo más importante fue descubrir que el momento presente siempre estaba bien. Esa liberadora idea llegó a ella gradualmente. Una y otra vez, advirtió que sus problemas estaban en los pensamientos, no en la situación inmediata. “Podía aburrirme o ponerme nerviosa tratando de encajar con las otras madres en el jardín de infancia, pero el sonido de los niños jugando y la puerta del jardín estaban bien. Podía correr para subirme a un autobús preocupada por lo que sucedería, pero al correr, los pies y las escenas que se sucedían estaban bien”. Lo que practicaba Blackmore era la meditación de la atención plena. La meditación que se puede practicar en cualquier momento del día, hagamos lo que hagamos: mientras escuchamos una conversación, mientras lavamos platos. ¿Cuándo se enseñará meditación en las escuelas? De entrada, mejoraría, y mucho, la capacidad de concentración de los más jóvenes. Tendría que ser asignatura...

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Me gusta la definición de meditación que hace mi amigo y psicólogo Joan Garriga: “Si ahora pudiéramos poner todo en suspenso, todas nuestras ideas acerca de quiénes somos o de qué hacemos, o de los padres que tenemos, de nuestros hijos, y quedarnos en un silencio absoluto, ¿qué queda? El latido, la presencia, el ser vacío”. Acercarse a este vacío donde no existen el bien ni el mal; simplemente existe la vida desplegando sus formas. “Te conviertes en alguien contemplativo que no juzga a nadie, sino que trata de dar un buen lugar a todos”. La persona que medita se ancla en un lugar que ya no tiene tanto que ver con si sus padres fueron buenos o malos, si su pareja le quiere o no le quiere. En este lugar hay un gran asentimiento. Dejamos de ser veletas esclavas del viento que sopla, o sea, de las circunstancias. photo credit: wÄt Yaphê  via photopin...

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