¿Alguien no toma tranquilizantes?


La TerapeutaEstos días, a raíz de la publicación de la novela La terapeuta, hablo con amigos, conocidos y saludados del tema de la ansiedad.

El escritor David Martí me cuenta en La Casa del Libro del Paseo de Gracia de Barcelona, durante la presentación de su libro El guerrero dormido, que hasta hace pocos años era un ejecutivo al que las cosas le iban bien. Aparentemente. Para aguantar el ritmo, tomaba varios tranquilizantes al día. Y su cuerpo tenía una rutina semanal: un ataque de ansiedad, cada viernes, a las tres en punto de la tarde.

“Los tranquilizantes son las drogas de esta época”, dice Rut, una de las protagonistas de la novela La terapeuta. Drogas legales, aceptadas socialmente; pero drogas, al fin y al cabo.

Una empleada de La Caixa me cuenta, también, su adicción al Trankimazin. Lo toma desde hace casi un año, después de divorciarse. Se lo recetó el médico de cabecera para “parar el golpe”.

Hablo de todo ello comiendo con una amiga médico, A., y sufre un ataque de ansiedad en plena comida. Lo que faltaba. Me lo dice después de haberlo sufrido. Yo le he notado él ánimo turbio, pero no he notado nada más. Me comenta que, de vez en cuando, recurre a los tranquilizantes caducados que tiene en su casa. Le pregunto, para cambiar de tema, si también tiene yogures caducados.

Voy a hacerme unos análisis de sangre rutinarios y la enfermera, buena lectora de novelas, me dice que ella, a los cuarenta años, ha descubierto la ansiedad.

– Quien me lo iba a decir.

No me atrevo a preguntarle si toma tranquilizantes.

Me clava la aguja. Respiro profundamente, por si acaso.

photo credit: primodario via photopin cc

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